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Por parte de la intelligentsia (1) del blog, se comunica que los comentarios off-topic (fuera de tema), las faltas de respeto y los versos ripiosos serán eliminados por no atenerse a las normas de respeto de la comunidad.

La presidenta del rellano.

(1)intelligentsia o, en caracteres castellanos, inteliguentsia (del Latín intelligentia) es una clase social compuesta por personas involucradas en complejas actividades mentales y creativas orientadas al desarrollo y la diseminación de la cultura, incluyendo intelectuales y grupos sociales cercanos a ellos. El término ha sido tomado del ruso интеллигенция (transliterado como intellig(u)éntsiya), o bien del polaco. Los dos, a su vez, derivaron de la palabra francesa intelligence. Al comienzo, el término se aplicó en el contexto de Polonia, Rusia y más tarde, la Unión Soviética, y tuvo un significado más estrecho basado en la autodefinición de una cierta categoría de intelectuales.
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viernes, 28 de enero de 2011

Ambidestra

Tenía 8 añitos, iba a tercero de EGB, ya me habían cambiado de escuela, era mi primer año en la nueva escuela.

El lenguaje no lo llevaba bien, ya que mi caligrafía no era adecuada. Así que un día, en una reunión de mi tutora con mi madre, la profesora le dijo que tenía escritos en los cuales se entendía todo lo que escribía y otros nada. Le enseñó una de mis libretas, y había media página con buena letra y la otra media con una letra ilegible.

Mi madre, le dijo, ¿se ha fijado ud. con que mano escribe?. En casa cuando come, si le cae la cuchara en la derecha pues come con la derecha y sino pues con la izquierda. Cuando se cansa cambia de mano.

La maestra tomó buena nota de las observaciones de mi madre. Al cabo de unos días me llamó a su mesa y me dijo lo siguiente:

- Escribe tú nombre con la mano derecha y después vuelve a escribirlo abajo con la mano izquierda.

Hice lo que ella dijo.

Cuando acabé de hacerlo la profesora preguntó: -¿Cuál de los dos está mejor?

- Él de arriba - contesté.

La profesora, que se llama Gloria, contestó: - A partir de ahora escribe con la derecha, que es con la mano que lo haces mejor.

Ni que decir tiene que lo hice, bueno, con alguna excepción de vez en cuando - ¡ehem! ya se sabe cómo son los niños con estás cosas -, pero es con la mano que escribo hoy en día. No he perdido la habilidad para hacerlo con la otra, pero no tengo la misma rapidez . De hecho hago mejor algunas cosas con la izquierda que con la derecha: cortar, dibujar...etc.

Lo recuerdo con mucho cariño.

miércoles, 26 de enero de 2011

El poema fallido

Tenía trece años, iba a séptimo de E.G.B., era buena niña, no armaba nunca jaleo, como ya os había comentado pues era muy tímida. Aquel día, no sé qué pasó por mi cabeza, pero en la escuela pasó esto.

Era por la tarde, el profesor de lengua castellana, Venerando, se llamaba, (y se llama, con ese nombre, como para olvidarlo) nos había mandado aprender una poesía, estábamos de pié rodeando la clase, y el profesor estaba sentado en uno de nuestros bancos. Cada uno iba diciendo una estrofa, cuando llegó a mí, me quedé en blanco, el profesor continuó, a mí me dio rabia (¡jopetas para una vez que estudiaba!), y espeté en alto: - Este tío es un hijo de puta y no me ha dejado hablar.

No lo dije para que me oyera el profesor. El profesor me oyó, vamos que si me oyó. El hombre es alto, de una envergadura considerable, y era y es bastante serio, me hizo el ademán con la mano de que fuera a su mesa. Me dio miedo, pensé, cuando llegue donde está sentado me va a dar un guantazo que me va a tirar al suelo.

He de decir, y marco un inciso en la historia, que al profesor, sólo he visto levantar la mano una vez, y no a mí precisamente, a un chaval de la clase, por alguna cosa que hizo, no le llegó a dar, pero vio la mano muy cerca. Solo hacía dos semanas que había pasado eso con este chaval, cuando yo solté mi burrada.

Llegué a su mesa, y sin levantar la voz dijo: - Repite lo que acabas de decir.

No contesté de palabra. Le dije que no con la cabeza.

Me dijo, todavía más bajito: - Fuera de clase.

Obedecí ipso facto, salí de la clase, y me puse a llorar. Cuando acabaron las clases, el profesor me llevó a su despacho, y repitió lo mismo que me había dicho en clase: -Repite lo que has dicho.

Contesté: -¿Para qué quiere que se lo repita, si Ud. ya lo ha oído?

El profesor: - Elena, es verdad que ya lo he oído, tienes razón. Sabes que por esto te podría expulsar de la Escola, esto es lo último que esperaba de ti, no sé qué te sucede pero son comportamientos que no voy a aguantar, y tú lo sabes y ahora explícame ¿Qué te pasó en clase?

-Me dio rabia, me sé la poesía, pero cuando llegó a mí el turno pues me quedado en blanco, si me la hubiera preguntado desde el principio.

Yo miraba el teléfono de su mesa, si llamaba a mis padres, era niña muerta, porque mis padres que me han aguantado muchas cosas pero las faltas de respeto no, ni una. Y por eso si que me iba a llevar un par de bofetadas en casa.

El profesor que sabía más que nadie, me dijo: - No te preocupes, no voy a llamar a tu casa. Mañana hablamos.

Yo no me atreví a decirlo en casa. Ahora sé que no me hubieran dado un cachete, pero entonces con trece años, pues...

Jamás hablamos al día siguiente.

El profesor no llamó a mi casa. Dejó pasar unas (un par de ellas) semanas, y les mandó una nota a mis padres para que fueran hablar con la tutora, mi madre fue, y la tutora y el profesor hablaron con ella. La bronca de mis padres fue gorda, no me llevé ningún bofetón, ni castigo.

Ni me castigó, ni me expulsó.* Estuvo enfadado conmigo un tiempo. Un día que el profesor lo tenía ya olvidado, fui a su despacho, piqué me acerqué y le dije: Lo siento, perdóneme. Estaba a finales de Séptimo.

Y si me perdonó. Me dio un abrazo y un beso.

Yo de esto último no me acordaba, hace unos meses, lo reencontré, y se lo dije, ¿profe se acuerda Ud. de mí? El día del poema fallido, mire que lo siento. Vene (así es como lo conocemos todos), me lo dijo: -Elena, hostias, que en su día ya te disculpaste.

La última parte de esta historia es un recuerdo suyo no mío*. No veáis si se acordaba, que hartón a reír nos dimos los dos.

El profesor es un gran tipo, no por su tamaño, por lo persona que es. Le hubiera sido fácil, echarme de la Escola, pero como él dice," educo personas, y las personas se equivocan, así se aprende".

A día de hoy, mantengo amistad con él. De estas cosas te acuerdas de por vida. Aprendí mucho aquel día.

¡Gracias profesor!

viernes, 7 de enero de 2011

Cruda realidad


Eran las ocho de la mañana de un martes. Nada hacía presagiar lo que ocurriría durante esa mañana.

Eric, ya había desayunado y se estaba poniendo la chaqueta para irse a trabajar, de repente oyó un tremendo estruendo, los cristales de la ventana del comedor cayeron al suelo, su gato, Mok, que estaba acostado sobre el sofá, había salido huyendo de estampida.

María, que era su pareja, salió de la habitación, muy asustada, llevaba varios cortes por todo el cuerpo, ya que los cristales de la ventana de la habitación le habían caído encima. María, con la voz entrecortada musitó: - ¡¿Qu...é h...a pasa...do?!

La escena era dantesca, un atentado se acababa de llevar a cabo, el coche de un reconocido político había estallado, en sus bajos llevaba una bomba lapa, fue al segundo de arrancar el vehículo cuando la bomba explotó. El político murió en el acto, su cuerpo salió despedido y despedazado a varios metros del coche.

Eric, se asomó por la ventana, vio una gran humareda y un coche que ardía, más allá a lo lejos, divisó lo que a él le pareció parte de un cuerpo. Un intenso malestar se apoderó de él, la nausea fue inmediata. Vomitó.

María se acercó a Eric y lo acarició. Se hablaban, pero no se oían, ya que el estruendo los había dejado sordos momentáneamente.

Al poco llegó la policía, las ambulancias y los periodistas. Mucho revuelo, en pocos minutos.

Eric salió de la vivienda a pedir ayuda para María, ya que los cortes aunque no eran profundos, de ellos manaba gran cantidad de sangre. Enseguida la atendieron.

Él solo llevaba unos pequeños cortes en las manos, que se los había hecho al asomarse a la ventana con los cristales rotos.

La policía le preguntó que si había visto algo desde la ventana, Eric, sólo respondió que él era el guardaespaldas de aquel político, y que si no estaba con él, era porque el político se había negado a que lo acompañara al primer mitin de la temporada. Según el político, que imagen de seguridad iba a dar, yendo acorazado de guardaespaldas.

A la policía no le cuadró su historia, ¿a dónde iba entonces? No tenía ninguna otra obligación, es más, en su teléfono móvil había varias llamadas del político reclamando su presencia en el vehículo. Era un activista de E.T.A., de los que están sin fichar. Había caído como un pardillo, el mismo había apretado el botón que hizo estallar el coche.

María, estaba perpleja, nunca hubiera pensado que Eric, fuera un terrorista.

Mok, el gato, tardaría varios días en volver al domicilio, el animal estaba terriblemente asustado.

lunes, 3 de enero de 2011

Se fue

Tenía 15 años, estudiaba conmigo en un instituto de formación profesional en una conocida ciudad. No tenía padre ya que éste había fallecido cuando ella tenía cinco años, de un cáncer de pulmón.

Un día, con toda la normalidad del mundo, nos dijo al pequeño grupo de compañeros que nos juntábamos cada día con ella en el recreo, que al día siguiente iría a hacerse unas pruebas ya que el médico le había detectado dos ganglios en un pulmón. No le dimos más importancia, nadie echó cuentas de aquello, ni tan siquiera ella.

Todos pensamos que sería cuestión, en todo caso, de que extirparán esos ganglios y que en pocos días volvería a clase. Pero no fue así, a los pocos días, se nos comunicó que en las pruebas habían detectado cáncer. Estaba situado justamente entre el pulmón y el omoplato.

Fui a verla al menos en tres ocasiones. La última, fue la peor, su delgadez, su peluca, y su respirador. Su madre me lo advirtió antes de entrar en la habitación, que me sorprendería y así fue.

Lloré mucho al salir de aquel hospital.

Murió.

Donde quiera que estés, que sepas que te echo de menos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Un ser extraño

Entré a trabajar como cada día, era la recepcionista de un centro de artículos de fotografía, era un jueves anodino y aburrido. Era un día normal, las llamadas telefónicas, los faxes y las visitas se sucedían.

Serían las cuatro de la tarde cuando un señor, viejo conocido de mi jefe, muy educado, moreno, alto y bien parecido, entró y dijo:

-Buenas tardes, quisiera comprar un cámara digital.

Yo como recepcionista de aquel sitio contesté:

-Buenas tardes, espere un momento que aviso a un comercial para que lo asesore.
Avisé al comercial, vía telefónica de bajara.

El señor que hasta el momento se había mantenido tranquilo, empezó a ponerse muy nervioso. Me espetó: - Oye, mejor miro yo las cámaras, a mí tu jefe me conoce y no creo que haya ningún problema.

Sin dejar que le contestará, pasa por al lado de la mesa de recepción, y se dirige a los artículos que hay en la estantería de detrás mío.
-¡Señor, señor!, ¡Ahí no se puede pasar, le ruego salga! ¡Haga el favor! – interpelé al señor. Me puse de pié, para pedirle que saliera.

El señor ni se inmutó, es más, comenzó a abrir las cajas de las cámaras digitales, conforme las abría, sino le interesaban, las tiraba al suelo, menos mal que eran de muestra... sino...

Mi reacción es llamar al chico de almacén ya que es más probable que por su envergadura física le haga más caso que a mí, que no tengo ni medio bofetón.

El chico de almacén se dirige a él: -Señor haga el favor de abandonar el establecimiento.
El resultado es nefasto:- No me voy a mover de aquí, y ahora largate o te voy a partir la cara.

No espero más, llamo al teléfono a mi jefe que no está en la tienda en ese momento, ya que es un viejo conocido suyo. No lo coge.

Sin más dilación, llamo a la policía. Entre tanto, aparece el comercial que tenía que atenderlo. El comercial que lo conoce también intenta razonar con él, sólo consigue llevarse un empujón, del mismo, lo tira al suelo.

La policía llega, no le hace falta muchos argumentos. Nada más verlos, sale con cara de borrego degollado.

Vuelvo a insistir en llamar a mi jefe, coge el móvil:
-¿Diga? – contestó al teléfono.
– Jefe, esta todo bajo control, pero tiene que venir ya. Está aquí la policía, y necesitan hablar con Ud.

-¿Qué ocurre? Voy enseguida, pero explícame que ocurre. – contestó.

-Un viejo conocido suyo, Ud. sabe quién es, se ha puesto a abrir las cajas de la estantería, no había manera de sacarlo de allí. Se ha puesto muy agresivo. Mejor, se lo explico con detalle, cuando venga.

Al cabo de unos minutos llegó mi jefe que no andaba nada lejos de allí. Le explico lo que sucede muy brevemente y le dejo en manos de los agentes de policía.

No hubo denuncia, solo tuvo que pagar los daños ocasionados en el mobiliario. El señor, sufre una grave enfermedad mental, por eso mi jefe no interpone denuncia contra él.

(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, los hechos aquí relatados están versionados para que tengan una gran sensación de realismo, ni la autora es la protagonista, aunque esté en primera persona)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Padre



Llegó la hora de la verdad, Juan se enfrentaba por primera vez a su pasado, le aterrorizaba, su pasado había sido un infierno, de pequeño había sufrido abusos y malos tratos por parte de su padre, fueron muchos años siendo víctima de su violencia, de sus palizas, de sus broncas, de sus tocamientos...

Su padre era un ser cruel, que ahora estaba postrado en la cama de un hospital, agonizante víctima de un cáncer de pulmón. Enfermo terminal, sólo ansiaba ver a su hijo para pedirle perdón.

Juan llegó a la puerta del hospital, estaba nervioso, sin muchas ganas de entrar. Sentía un profundo rencor y un gran desprecio. No sabía si sería capaz de perdonarle. Su madre no le había perdonado, ni una sola vez había ido a visitarlo al hospital, se negaba en rotundo en volver a ver a su ex-marido, no quería saber nada de él.

Al final, Juan, se decidió, entró, subió a la sexta planta y llegó a decimosexta puerta; esta permanecía entreabierta. Sintió que la chaqueta le molestaba, se la quitó, se desabrochó el primer botón de la camisa, estaba empapado en sudor, no podía evitar su nerviosismo, sabía que ya no le podría hacer nada nunca más, pero no le había perdido el miedo.

Con paso decidido entró, por fin, en la habitación, vio a su padre, entubado, con un respirador, y con muchas máquinas por todos lados. Se acercó a la cama y su padre musitó: - Hijo, ¿me podrás perdonar?

Juan que hasta ese momento había mantenido la entereza sin echar ni una sola lágrima, empezó a llorar, igual que cuando era un niño, sin poder reprimir el llanto. Durante varios minutos estuvo callado. Al final contestó: No, padre, no puedo perdonarte.

Su padre abrió los ojos desorbitadamente, la máquina que controlaba los latidos de su corazón comenzó a pitar. Murió un instante después.

Juan salió de la habitación, le esperaban dos policías para que fuera a declarar por el presunto abuso de su hijo pequeño...

Otra vez la misma historia.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El sótano

Era el lugar donde casi nunca entraban, pero había llegado el invierno y las reservas de madera estaban allí abajo, sino la chimenea no se encendería y pasarían frio. Estaban en medio de ninguna parte, el pueblo más cercano, distaba a más de 150 km. ya estaban cortadas las carreteras y la linea telefónica había dejado de funcionar, todo por aquella terrible tormenta de nieve que había caído hacía unos días.

Jordi se dispuso a bajar al sótano, abrió la puerta y bajó por las angostas escaleras, notó que debajo de sus pies había algo viscoso, -llegó donde estaba el interruptor de la luz, y lo presionó, no había luz, pensó que sería cosa de la nieve, luego miraría el transformador- cogió la linterna que había colgada justo al lado del interruptor, estaba allí para evitar situaciones como está.

Cuando encendió la linterna, enfocó hacia sus pies, la arcada fue inmediata, vió vísceras, había pisado las tripas, primero no se atrevió a discernir de que eran, pero cuando enfocó hacía el final de las escaleras, vió la cabeza de su hijo y un brazo de su mujer, era el derecho ya que llevaba el anillo de casada. Los cuerpos estaban descuartizados y destripados.

Se cerró la puerta justamente detrás suyo, se oyó un grito: ¡aaaaaaaahhhhhhhhhhhhh!

Una voz preguntó: ¿quieres bajar al sótano?

sábado, 20 de noviembre de 2010

La Olla Express



Era las ocho de la tarde, la olla cocía, era de estás modernas, una olla express, el vapor salía por el orificio dedicado a ese fin.

Hacia un ruido molesto y despedía un olor a verdura, que no era especialmente agradable. De pronto dejó de sonar. Durante unos minutos, el vapor se fue acumulando en su interior...

Marta estaba tranquilamente viendo un programa de cotilleo en la televisión, de pronto se acordó que había puesto el pollo al horno, y que si no iba a la cocina se iba a quemar. Se levantó del sofá, y se dirigió a la cocina. Encendió la luz.
La olla explotó.

Su onda expansiva fue como una bomba. Todo estaba cubierto por los restos de comida. La tapadera de la olla había saltado por los aires, haciendo gran estruendo al caer al suelo.

Marta yacía en el suelo, con la cara abierta, sangrando abundantemente, la tapadera le había rozado el rostro al caer, y con quemaduras de gravedad. Estuvo inconsciente durante varias horas.

Cuando volvió en sí, sintió muchísimo dolor en todo el cuerpo. Se dirigió arrastrándose hacía la puerta de la cocina. Allí había dejado la cesta de la compra, y allí estaba también su móvil, lo cogió y llamó a emergencias. Su voz era entrecortada, logró hablar con emergencias, se le cayó el móvil de las manos, cayó inconsciente de nuevo.

Mientras su niña lloraba en la cuna, asustada por el estruendo, y por la tardanza de su madre en regresar al comedor.
Por fin, llegó la ambulancia. Marta se recuperó de sus heridas. Y su hija fue atendida por su hermano hasta que salió del hospital.

Nunca más tuvo una olla express.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Nadia

Nadie cogió el teléfono, ni abrió la puerta, ni recogió las cartas del buzón.
Todos sabían lo que pasaba, pero nadie movía un dedo.

Nadia estaba en el hospital, después de la última paliza que le había dado, el ya su ex marido Alberto. Tenía cuatro costillas rotas, iba a perder un ojo y tenía todo el cuerpo lleno de golpes.

Su historia no variaba mucho de las muchas que acontecen en el mundo. Se había casado cuatro años antes profundamente enamorada. Los primeros años, la vida les sonrió.

Pero las cosas no habían ido bien, Alberto había perdido su empleo, robó, metió la mano en la caja. Y lo echaron, sin paro ni indemnización, ya que fue un despido procedente. Estaba a la espera de juicio.

Nadia había quedado embarazada, pronto tendría que dejar su empleo como dependienta que tenía desde hacía unos pocos meses. Cogería la baja maternal.
¿Pero cómo iban a llegar a final de mes? Poco iban a poder hacer con su sueldo de ochocientos euros. A todo no llegaban, hipoteca, gastos, comida, ropa y todo lo que tenían que comprar para el bebé.
La situación empezó a ser desesperada, Alberto se dio a la bebida, entonces empezaron los insultos y los malos tratos físicos.

Nadia aguantó como pudo la situación, callaba para no alarmar a su familia, ni su hermano ni sus padres sabían nada.
Cualquier cosa servía como detonante para que Alberto le diera una paliza. Era un sin vivir.

Ella acudió a los servicios sociales, éstos le dieron ayuda. Alberto se enteró, y fue cuando le dio la paliza de su vida.

Ahora ella, estaba postrada en la cama, a punto de perder al bebé, con una paliza tremebunda en el cuerpo y mucho, mucho miedo. En la puerta de su habitación había dos policías para vigilar que Alberto no pudiera venir a hacerle daño.

Se quedó dormida pensando que cuando despertara todo habría sido una pesadilla.

Despertó y allí estaba su madre, su padre y su hermano. Ella no entendía nada, como podían estar allí, si ella no les había dicho nada. Miró hacía otro lado, para intentar ocultar sus lágrimas.

Su madre se acercó, la besó en la frente y susurró: - ¿Por qué no lo has contado?

Ella no contestó.

Pasaron los días y Nadia se fue recuperando. El peor mazazo de su vida estaba a punto de llegar, Alberto se había suicidado, se había tirado desde la ventana del quinto piso donde vivían. En el fondo lo quería, sabía que no era justificable lo que hacía, pero a pesar de todo lo amaba.

Ahora con el paso de los años, con su hijo a su lado, y con su familia apoyándola todo aquello le parecía una pesadilla lejana.

Era feliz.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El flechazo


Ella trabajaba en un supermercado, él era un asiduo cliente del local. Nunca habían cruzado ni una palabra. Sólo las propias que una cajera, intercambia con un cliente: Buenos días, tome su cambio, gracias por su visita. Hasta entonces no lo había mirado bien, pero hoy, no sé sabe por qué, se fijó en él. Él era alto, de pelo moreno, ojos sorprendentemente azules, estaba bien formado, no le sobraba ni le faltaba nada. Durante unos segundos, se quedó embobada mirándolo mientras pasaba por la máquina de la caja los productos que él había comprado.

Él la miró, y le dijo: -Perdona, ¿te pasa algo?

Ella contestó: ¡mmmmmhhh! No. –seguía mirándolo con cara de estar con el pensamiento en otra parte -.

Pues cóbrame, si eso - requirió él.

En un alarde de valentía, la chica expresó lo que sentía: - Te llevo viendo mucho tiempo y me gustas, es que me enamorado de ti.

Él balbuceó: ¡Ehhh! ¡Bufff! Yo... es que... también me gustas.

Recogió a la velocidad del rayo lo que había comprado. Salió del establecimiento eufórico. Con las veces que él había soñado con aquella cajera de supermercado. ¡Era tan guapa! Pelo largo moreno, suelto, tez aceitunada, ojos marrones y no demasiado alta. La mujer perfecta para él.

No le había dicho nada, pero iba a ir a esperarla cuando acabará de trabajar a la puerta del supermercado. Fue a una floristería y compró un bonito ramo de rosas rojas.

Ella continuaba en su trabajo, se intuía una sonrisa en sus labios, y un brillo especial en sus ojos.

Llegó la hora de plegar.

Salió a la calle y allí estaba él con su ramo de rosas. Él se acercó y le dio un beso en los labios. Ella se sintió en el cielo, él casi levitaba de placer.

Ella lo cogió de la mano y se encaminaron hacía algún lugar donde poder dar rienda suelta a sus pasiones.

Hicieron el amor, se sintieron la piel, la carne trémula, con el desatino que da la locura, llegaron al clímax...

viernes, 5 de noviembre de 2010

Javier


María salió de casa, iba a encontrarse con su novio Eduardo. Se había puesto guapa: llevaba una falda negra y una blusa blanca, llevaba un bonito colgante al cuello regalo del hermano de Eduardo, zapato negro de tacón y un bolso enorme del mismo color que los zapatos. Era algo clásica a la hora de vestir. Su pelo, el cual siempre llevaba recogido, hoy, caía sobre sus hombros, era rubio, un rubio oro, precioso. En su cara algo de maquillaje, no mucho para que no resaltará más que sus preciosos ojos azules. Ese azul cielo que tenía encandilado a Eduardo.

Llegó al bar donde habían quedado, vio que él no estaba. Pidió un café y se sentó a esperarlo. Estuvo algo más de diez minutos esperando. Eduardo apareció, era un hombre alto, extremadamente delgado, estaba algo calvo, y no era demasiado atractivo. Iba algo desaliñado, con unos tejanos y una camiseta muy vieja. En sus ojos marrones, se percibía cierto nerviosismo. Le dio un cariñoso beso en los labios.

Y sin darle tiempo a preguntar, explicó: he tenido un problema al aparcar el coche. A María su excusa le pareció banal, ya que Eduardo vivía a dos escasas calles del bar, en el cual se habían citado, no tenía necesidad de utilizar el vehículo.
Ella espetó: - Amor mío, podías haber venido andando, pareces nervioso, ¿te ha pasado algo más?

No, no, para nada –dijo él.

Tomaron café y se fueron en dirección al coche, no hablaban entre sí, no se dijeron nada. Habían pensado ir de compras a un nuevo centro comercial que habían abierto en la zona.

Eduardo abrió la puerta del vehículo y se introdujo en él mismo. María hizo lo propio.

El vehículo no se puso en marcha. Hacia un ruido extraño. María permanecía tranquila en su asiento. Él en cambio, empezó a sudar y cada vez parecía más alterado. Se bajó del coche y abrió el capó introdujo sus manos en él. De repente, se oyó un grito ensordecedor. María tenía la mirada fija en ninguna parte, en su blusa blanca había aparecido una gran mancha de sangre, se llevó las manos al pecho, no podía parar de gritar.

Él ni se inmutó, continuó hurgando dentro del motor de vehículo, durante unos minutos más, su semblante se había tranquilizado, es más, en su boca se dibujaba una sonrisa.

Ella permanecía sentada, con el rostro desencajado. Eduardo cerró el capó y se dirigió con calma hacía la puerta del vehículo, en donde estaba María. Y preguntó: ¿Ahora ya sabes por qué estoy tan nervioso?

María asintió con la cabeza.

Él se introdujo en el coche, y lo puso en marcha. Funcionó. No había acabado de arrancar, cuando por el retrovisor vio una imagen. Se giró y la imagen desapareció. Ella se giró y descubrió que la imagen que él veía, era la de sus propias muertes. Sabían que morirían de forma violenta, pero no sabían cuándo. Ella no hacía más que tocarse la herida del pecho, no era grande, pero si algo profunda. En su ataque de pánico, se había clavado el colgante que llevaba en el cuello. Eduardo giró el volante, estaba esperando el final, y en esos momentos estaba tranquilo.
Nada más arrancar, el coche explotó. Jamás descubrieron que pasó. Nadie encontró sus carbonizados cuerpos. Sólo encontraron una foto casi quemada donde se puede ver claramente el incendio de un coche, con dos personas dentro.

María y Eduardo, nunca tuvieron un entierro. Esa foto fue entregada a la familia, el hermano menor de Eduardo, Javier. Sonrió. Había conseguido su objetivo.

Javier, era un gran artista, pero estaba en paro, Eduardo, nunca lo ayudaba en nada. Javier le dio un escarmiento. María también había sido novia suya; lo había usado como a un trapo viejo. Le tenía un profundo desprecio.

Su venganza había salido perfecta... ¿sería el principio de una vorágine de muertes?

domingo, 31 de octubre de 2010

LUNES


Era un día aburrido, extremadamente frío, sin lugar a dudas podía ser un lunes, un mal lunes, o, ¿era viernes?, y éste no podía ser malo. ¿O sí?
Despuntaba la mañana, y Miguel se encaminaba hacia su trabajo, iba rápido, no se paró a analizar que todo era distinto, a pesar de que a él le pareciera todo igual. En la calle seguía todo igual, los coches circulaban al mismo e incesante ritmo, la gente iba a sus trabajos con la misma prisa que llevaba él, pero había algo que no era igual...

Miguel llegó al trabajo y saludó como siempre a su secretaria, Pepa. Ella sonrió para devolverle el saludo.

No había nadie más en aquella oficina, él se introdujo en su despacho, estuvo trabajando intensamente. Algo llamó poderosamente su atención, la falta de llamadas telefónicas, no había sonado el teléfono ni una sola vez, cuando lo normal era que estuviera harto de indicarle a su secretaria que tomará nota de las mismas.

Tomó el auricular del teléfono para preguntarle si había dejado de pasárselas por algún motivo. No había línea.

Se puso nervioso, salió de su despacho, y vio que su secretaria estaba sentada en la silla, se dirigió a ella y preguntó: ¿Pepa, le funciona la línea telefónica? Pepa no contestó. Se acercó y le tocó un hombro, la secretaría cayó desplomada. Estaba muerta.

Miró a su alrededor, y vio con horror que todo estaba cubierto de sangre, paredes, suelo, incluso la mesa de su secretaria - que siempre estaba impoluta - en la cual había un gran charco de sangre. En cambio, en sus ropas no había ningún rastro de sangre.

El terror se apoderó de él, fue a buscar el móvil a su despacho, estaba en su maletín, lo abrió apresuradamente, temblaba, no lo encontraba. Lo vació en el suelo, el móvil apareció, empezó a sonar. Sonaba, y sonaba, la melodía no era la habitual. Lo cogió, en ese momento, percibió con espanto que lo tenía en la mano no era el móvil, sino una pistola, apretó el gatillo...

Silencio absoluto. Nada.

El portero de la finca llamó al timbre para dejarles el correo, no le abrían, volvió a la portería y cogió la copia de las llaves que tenía de aquel piso, al abrir la puerta, descubrió con horror lo que había sucedido, una mancha de sangre le hizo fijarse en aquel calendario de la entrada, estaba mal, en un mes que no correspondía y un día que tampoco correspondía... era lunes.

martes, 26 de octubre de 2010

Pasos

Era de noche, salía de un bar de tomar unas copas, volvía para casa, andaba deprisa, hacia frio y no había un alma en la calle, a mi espalda oía pasos, iban acompasados con los míos, cruce la calle, bajé las escaleras, seguía oyendolos a mi espalda, eran como un susurro, no estaba asustada, a pesar de que los oía con claridad, eso sí no podía mirar para atrás, me era imposible.

La calle se me antojaba interminable, apreté el paso, llegué al portal y saqué rapidamente las llaves del bolso. Los pasos también siguieron mi ritmo. Abrí la puerta y entré, después ya casi corriendo me introduje en el ascensor piqué al tercer piso, llegué a mi rellano e introduje las llaves en la puerta de mi casa, los pasos no habían cesado.

Entré, de repente, como por arte de magia los pasos habían cesado, entonces un ruido sumamente molesto, llegó a mis oidos y una luz muy intensa hizo que mis ojos se abrieran. El despertador había sonado y los rayos de luz entraban por mi ventana, me había despertado.