Junto con mi esposa decidimos que este fin de año lo celebraríamos solos, prescindiendo de los amigos que solían acompañarnos siempre en tan señalada fiesta. La decisión fue tomada por motivos de comodidad. No nos apetecía pasarnos la noche bailando, sudando y bebiendo, y que a la vuelta nos parara la policía para hacernos una prueba de alcoholemia que casi seguro daría positiva, así que reservamos mesa en un restaurante cercano, con la consabida cena de Nochevieja y las posteriores uvas para celebrarla en la intimidad.
Nos dijeron que fuéramos puntuales, pues en esa noche el tiempo de cenar era el predeterminado para llegar al punto de las 12 de la noche y escuchar las campanadas. Y así lo hicimos. A las 9 de la noche ya estábamos sentados en la mesa, preparados para que nos sirvieran los suculentos platos, cuyo precio no era nada barato, por supuesto. Un entrante a base de un pica-pica que consistió en unas tostadas de queso de cabra con mermelada de higos, otra tostada con jamón ibérico de bellota, una brocheta de carpaccio de langostinos, vieiras a la plancha que a mi esposa le dieron repelús y comió sólo una, salmón marinado con unas hierbas sospechosas y brandada de bacalao. De segundo yo escogí un filete de ternera con paté de hígado de pato muy crudo y mi esposa un rodaballo que según ella no sabía a nada. De postres una especie de lingote de chocolate con avellanas muy empalagoso y helado de coco. Vino, cava y un café muy malo.
A las 10’30 de la noche ya estábamos los dos frente a frente aburriéndonos como las vieiras injeridas, faltando más de hora y media para que nos pudiéramos comer las 12 uvas y hacer entrada al año nuevo como es de costumbre. Ni siquiera podíamos fumarnos un cigarrillo para alargar la espera, pues estaba prohibido y si querías hacerlo en la calle, sonaba una especie de alarma puesta adrede para que los clientes no se marcharan del restaurante sin pagar. Ni siquiera pudimos enviar mensajes telefónicos a nuestros amigos, deseándoles una feliz entrada de año, ya que no había cobertura.
Al final optamos por marcharnos ante la estupefacción de la dueña del restaurante y los demás clientes que también, aburridos, habían terminado de cenar e irnos a casa no sin antes reclamar las uvas y la bolsa cotillón. Por suerte nos esperaba una botella de cava en la nevera.
Al salir a la calle nos sentimos unos auténticos “frikis”, puesto que la ciudad estaba totalmente desierta. Todo el mundo estaría cenando a la hora adecuada excepto nosotros. Debo confesar que me sentí incómodo y asustado ya que podía esperarnos cualquier delincuente escondido detrás de algún portal, dispuesto a robarnos lo que llevábamos encima navaja en mano. Tampoco era nada consolador ver ningún coche policial circulando, puesto que seguramente y al igual que el resto de los mortales, en aquella hora estarían también cenando para después dedicarse a jorobar a los infelices borrachos que caerían en sus manos recaudatorias.
Aproximadamente a las 11 llegamos a casa, abrimos la botella de cava y bridamos a nuestra salud y porqué habíamos llegado sanos y salvos. Al cabo de una hora, nos comíamos las doce uvas escuchando las doce campanadas delante del televisor medio dormidos y atragantándonos por ser las uvas demasiado verdes. Abrimos las bolsas cotillón y lanzamos unas cuantas serpentinas a nuestras gatas que huyeron despavoridas, enviamos unos cuantos mensajes a nuestros seres queridos y seguidamente nos fuimos a la cama un poco derrotados
Y ahora, después de la resaca producida por el cava(Nos bebimos la botella entera), me pregunto: ¿Somos normales o el que está mal es el resto del mundo?
Lo más seguro es que dentro de un año, no nos moveremos de casa. Es más divertido.
Feliz 2011 a todos.


