
Barría bajo la cama noche tras noche y cada madrugada, justo a las cuatro y dieciocho minutos me despertaba el estridor de un vaso contra el suelo. Bajo la cama, una vez más, cristales. Arrastré la cama de habitación en habitación, pero los cristales la seguían. Sólo descansaban los días que a las cuatro y dieciocho mantenía mis ojos abiertos.
Atemorizada por aquel extraño suceso, decidí mudarme abandonando mi querida y nueva cama en aquel viejo piso cristalizado. No sé cuánto tarde en mirar bajo el nuevo suelo, de la nueva cama del nuevo piso… pero cuando lo hice, ahí estaban; era a mí a quien seguían.



